sin ciencia no hay futuro

¿Del americano feo al gringo simpático?

¿Del americano feo al gringo simpático?

Publicado: 2020-09-04


¿Del americano feo al gringo simpático?

por Jorge Smith Maguiña; kokosmithm@hotmail.com


4-9-2020

Estados Unidos, una nación en busca de un líder.

Como nunca en su historia, ni en los peores años de la guerra civil o aquellos que siguieron a la gran depresión, un gran país se encuentra confrontado a una incertidumbre tan global. No es que no haya líderes. Claro que los hay, pero no los hay para una circunstancia política tan especial como la que viven los Estados Unidos hoy en día.

Por casualidad terminé viendo hace unos días, después de muchos años, una película llamada El americano feo, basada en un libro muy exitoso que apareció en 1958. El film de 1963 contó con una magistral interpretación de Marlon Brando, quien hace el rol de un embajador norteamericano en un imaginario país asiático. Lo que mostraba el film y en realidad denunciaba en forma mas enfática el libro, es el poco tino que tenían los diplomáticos norteamericanos cuando como embajadores, defendían los intereses de su país en tierras extrañas. Toscos, intransigentes y sin conocer el idioma ni las costumbres del país al cual habían sido enviados como embajadores querían encima, que muchos lineamientos políticos del país que los recibía fuesen elaborados en las oficinas de su embajada, si querían estos ganarse algún favor del gran país del norte, en ayuda económica o cooperación militar.

Su único gran rival durante la llamada Guerra Fría era la Unión Soviética, cuyos embajadores sí, cuando iban a los países del tercer mundo conocían su idioma o lo aprendían antes de ir en misión y se informaban sobre sus costumbres e historia, para no meter la pata como sus equivalentes norteamericanos. Dicha actitud muchas veces torpe e inescrupulosa, imprudente a veces por causa de la misma desinformación, llevó a los Estados Unidos a apoyar contra toda cautela a muchos de los regímenes más corruptos y las dictaduras mas rastreras, bajo la bandera de la lucha contra el comunismo, sobre todo durante la larga época de la guerra fría. Caído el muro de Berlin en 1989, ya no cabía navegar bajo esa bandera, pero Estados Unidos continuó queriendo imponer su voluntad al resto del mundo, sin dar mayores argumentos, por el solo deseo de querer clavar una voluntad imperial.

El desconcertante y vertiginoso ascenso de China como una potencia económica y militar, estos últimos 30 años, terminó con el sueño del departamento de Estado de un mundo unipolar bajo la égida norteamericana. Este trasnochado propósito, de querer recuperar los fueros de antaño, en un mundo totalmente diferente, fragmentado y multipolar, es aquél que ha estado queriendo volver a imponer el presidente Trump, pero sin el apoyo de estrategas inteligentes e inescrupulosos pero después de todo visionarios, como Henry Kissinger, cuando este llevó a Nixon a una política de apertura hacia Rusia y China.

Trump, improvisando por aquí o por allá, sin un staff competente y estable que debería estar a la altura de un país como los Estados Unidos, cuyas decisiones internas o externas tienen, para bien o para mal, una incidencia global. La prueba ha sido una sucesión de errores, de malos pasos como lo han sido la no adhesión a los acuerdos sobre cambio climático, sin argumentos consistentes y mas bien por reticencias, por no decir las ocurrencias personales del presidente Trump sobre el tema.

Otra consecuencia, esta vez fatal, ha sido por su denial (rechazo) a ver la gravedad de las consecuencias que podía acarrear la pandemia y tomar medidas tempranas para aminorar las consecuencias de ésta en los Estados Unidos, lo cual hubiese ahorrado varios miles de muertos. La misma en estos momentos está alcanzando proporciones inmanejables e igual Trump se niega a insistir en forma enfática a tomar medidas atinadas e incluso las de sentido común, como dar el ejemplo para el uso de mascarillas o que haya el distanciamiento global prudente, las cuales han sido hasta ahora la mejor fórmula para disminuir el contagio.

La ausencia casi total de mascarillas y el distanciamiento pertinente, en el mitin de aceptación de candidatura de Trump, hecho en la misma Casa Blanca como cierre del cuarto día de la convención del partido republicano, fue la peor afrenta a todos los médicos y personal de sanidad que han perdido la vida trabajando en primera línea para tratar a los pacientes contagiados. Es un punto aparte hablar de las idas de boca del actual presidente, pronunciando una y otra vez frases ofensivas o epítetos abiertamente racistas a todo tipo de minorías afroamericanas, contra las minorías hispánicas o sus declaraciones sobre el tema de la inmigración ilegal en los Estados Unidos, contra México y Centroamérica sobre todo, y en relación a la pandemia contra la China en particular, sindicando a dicho país como culpable del origen y la propagación del coronavirus.

Trump ha buscado desesperadamente un culpable del origen de la pandemia, cuando en realidad, la población norteamericana estaba y está desesperada hoy en día, por encontrar un líder que la lleve a conducir el barco en medio de un mar de muerte y contagio. La excesiva politización del tema y el cúmulo de errores de Trump en su manejo, le pasarán la factura el tres de noviembre, día de las elecciones.

El mismo tema del cambio climático, del cual prácticamente ni siquiera han hablado demócratas o republicanos en sus respectivas convenciones, es un tema que sí interesa a 2/3 de la población adulta según un sondeo de una institución tan seria como el Pew Research Center. Lo paradójico de que de esos 2/3 si lo tomamos como un 100%, un 40% son republicanos. Eso indica que sobre un tema tan vital como éste, la clase política vive de espaldas a la realidad, lo cual es válido no solo para los Estados Unidos, sino también para Perú y sin duda para todo el mundo.

El presidente Trump, al igual que el embajador Lou Sears del libro y de la citada película El americano feo ha cometido todos los errores que sus contrincantes quieren o esperan que cometa y las consecuencias previsibles son por lo mismo, llorar después sobre la leche derramada y de allí la desesperación de los republicanos que imprudentemente, en vez de defender los ideales de su partido, muchos de los cuales no son muy diferentes de los de los demócratas. Esta vez los republicanos han puesto todos los huevos en una misma canasta. El casi único tema de la campaña ha sido solo la reelección de Trump y al proceder así se están cargando todo su pasivo que les puede ser muy pesado a rebatir si pierde Trump. Es cierto que antes de la pandemia, la gestión de Trump en lo económico, comenzaba a aparecer como relativamente exitosa. Pero el manejo de la pandemia y la polarización política que Trump ha generado en el país, amén de la escalada de violencia que han generado los excesos policiales que han dado lugar a crímenes racistas, pueden tener consecuencias políticas desastrosas. La violencia callejera que estos hechos han suscitado, va a hacer que difícilmente se refresque o quede claro en la memoria a la hora de las elecciones, aquello que de positivo hizo este atípico presidente, que a su manera era alguien antisistema.

El presidente Trump ha sido un hombre de negocios excepcional y que no deja de tener un carisma entre sus seguidores, pero desde el inicio, parece que no se interesó en ponerse al nivel de exigencia como la que exige el ser presidente de los Estados Unidos. Su liderazgo en otros campos como el empresarial o el mediático, no pudo trasplantarse con éxito fuera del hecho de haber ganado las elecciones. Esperamos que de una vez por todas, esto sirva como advertencia para comprender que el talento que se tiene para una cosa a veces no sirve para otra.

No, el presidente Trump no es necesariamente el americano feo, pero tampoco Joe Biden es el gringo simpático, generoso y bonachón como a veces algunos imaginan a los norteamericanos. Biden, por su parte, es un hombre con una gran capacidad de empatía, por diversas experiencias penosas que ha tenido en su vida personal que sin duda han enriquecido su capacidad de lo que los norteamericanos conocen como compassion que es un término mas rico que lo que significa la palabra compasión en español, el cual es un término que suele ir en un solo sentido. En inglés la palabra implica a las dos partes, a quien es capaz de compassion y quien es recipiente de ello. Es una gran diferencia. Biden fue un buen segundo de Barack Obama durante ocho años, lo cual no es poco y a diferencia de Trump sí tiene un conocimiento de cómo funciona el sistema político norteamericano, y el arte del político profesional es saber dónde y cuándo soltar y dónde ajustar cuando es necesario, y la diferencia entre lo que se ofrece en una campaña política y lo que es posible de hacer en la realidad.

Con el resto del mundo este país comparte la crisis sanitaria, manejada con diferente eficacia en cada país específico, pero igual con rebrotes en casi todos y por otro lado las consecuencias ya son sensibles en la economía interna de cada país y en la economía mundial, con una recesión ad portas, que no la había en los últimos 100 años. Pero los Estados Unidos en este momento, confrontan también una crisis profunda en lo político con las fisuras ahora tan evidentes en su estructura social.

Se suponía hasta ahora que los Estados Unidos, eran una experiencia única, como un país de un melting pot consolidado. De un día al otro se ha visto que tal cosa no pasaba de ser un espejismo, a wishful thinking. Habían logros inmensos claro está. Los Estados Unidos en muchas características que le son propias son una experiencia inédita en la historia occidental.

Los logros que con ojos admirativos y hasta con cierta envidia constataba el francés Alexis de Tocqueville cuando escribió La Democracia en América y captaba también con inigualable sapiencia el alemán Max Weber al escribir La Etica Protestante y el Espíritu del Capitalismo eran contundentes. Las virtudes o capacidad de hacer las cosas que habían traído los migrantes a esas tierras, habían adquirido un impetú especial. Si leemos su historia, vemos cómo se quemaron muchas etapas, logrando consensos sobre muchas cosas para salir adelante. Hubo esa mentalidad pionera, que buscaba siempre nuevas fronteras, una de las cuales fue la conquista de del Oeste. Muchos pueblos nativos, sufrieron las consecuencias de ese ímpetu arrollador. Se precisaba una energía única para emprender cosas descomunales como la construcción del ferrocarril que fuese de costa a costa. Se precisaba una gran capacidad de organización y liderazgo para lograr algo así. ¿Donde se fue toda esa energía? Se preguntan hoy algunos. Muchas de las virtudes que trajeron los primeros inmigrantes que llegaron en el Mayflower a las costas de Nueva Inglaterra, buscando nuevos horizontes efectivamente florecieron allí, pero también en esas tierras “home of the brave, land of the free” (tierra de los bravos, hogar de los hombres libres) como reza su himno, fueron asimismo escenario de violentas acciones que se consolidaron y volvieron sistemáticos en ese país como lo fueron el sojuzgamiento de las poblaciones aborígenes, su posterior invisibilización en reducciones, la esclavitud de los que fueron traídos para las faenas agrícolas sobre todo y luego la segregación consecuente, considerando a los ex esclavos como ciudadanos de segunda clase.

Los logros positivos de esa nueva experiencia humana que fueron los Estados Unidos lo captaron bien Tocqueville y Weber y les pareció fascinante que lo que no parecía posible, en la vieja y fatigada Europa, sí fuese en mucho posible en ese nuevo mundo. Por eso es justamente que hoy día nos preguntamos: ¿qué está pasando en los Estados Unidos? ¿En qué momento se perdió la brújula?

El premio Nobel, Mario Vargas Llosa, al referirse al Perú, en su inmortal novela, Conversación en la Catedral, que tiene como escenario el Perú de los años 50, a través de la boca de uno de sus protagonistas, el periodista Zavalita, se preguntó en términos muy crudos, ¿En que momento se jodió el Perú?. Pero Perú sigue encadenado a atávicos problemas, con un Estado fallido y una élite que siempre fue limitada en sus perspectivas, desesperada por no perder sus privilegios, que entra en pánico o huye cuando las papas queman, mas acostumbrada a mandar que a gobernar.

Perú no es un país que ha llegado a la Luna, aunque sí tiene muchos lunáticos, tampoco tiene planeado un viaje a Marte, pero muchos sin duda, creen en los extraterrestres y sobre todo los marcianos. A muchos de mis compatriotas les digo incluso, que si estos existen no habría que tenerles miedo, pues sin duda, los marcianos -si existen- deben ser mas inofensivos y quizás hasta más solidarios y amigables que los vendedores de sebo de culebra y los incapaces y rateros que han gobernado nuestro país desde hace décadas.

Si los marcianos vienen a la Tierra y sobre todo visitan nuestro sufrido país, sin duda vendrían a darnos algunos consejos sobre gobernabilidad y hasta a financiar algún proyecto, quizás de irrigaciones pues parece que Marte tiene muchos canales. Lo que sí estoy seguro es que bandadas de caviares irían a recibirlos al aeropuerto, para ver si les financian alguna ONGs, para seguirse perennizando en cualquier nuevo gobierno, para querer seguir constituyéndose y creyéndose el cuento de que son la reserva intelectual y moral de nuestro país. Prédica de pacotilla que ya no engaña a nadie. Por algo será que una canción que era muy popular en los años años 60 ya decía: “Los marcianos llegaron ya. Y llegaron bailando ricacha, ricacha, ricacha, ricacha.Así llaman en Marte al cha cha chá”.

Ponía el título que puse a este ensayo, y el correspondiente subtítulo, “¿Del americano feo al gringo simpático?” en forma de pregunta, no de afirmación, después de haber visto desfilar durante cuatro noches en cada una de las dos convenciones, las de los demócratas y los republicanos, a todo aquél que tiene algún tipo de liderazgo dentro de su respectivo partido. El balance, después de pensar un poco en todo lo escuchando y pensando a su vez el difícil momento de alboroto social que vive Estados Unidos no me parecía muy alentador. Creo que al margen de los pleitos callejeros que en algunas ciudades ya duran esporádicamente casi tres meses, nos parece que por primera vez en los 160 años después de la Guerra Civil hay una profunda crisis de liderazgo en los Estados Unidos.

Del lado de los demócratas, por lo menos ha habido la anuencia al candidato ungido y el apoyo de los ex presidentes Bill Clinton y Barack Obama, lo cual indica que hay un consenso sobre el postulante, sobre la forma cómo se está conduciendo la campaña y sobre los temas que se están priorizando en la misma. En realidad del lado demócrata son los ex presidentes que han sido las estrellas de la convención. Clinton y Obama y sobre todo la esposa del último, Michelle Obama, quien tiene una aceptación en muchos sectores, no solo en los demócratas.

Del lado republicano, la única estrella es el mismo presidente Trump, pues el ex presidente Bush hace buen rato que tomó distancia de la candidatura del actual mandatario. Es cierto que la arrolladora personalidad de Trump, ha eliminado o neutralizado cualquier otro tipo de liderazgo dentro del partido republicano y los pocos consensos que se han logrado, muchas de las facciones del partido republicano lo han hecho mordiéndose los labios y las fisuras que quedarán dentro del partido republicano, ante la eventual y en realidad casi segura derrota de Trump, van a tomar años y quizás décadas en cerrar las heridas.

¿Dónde están los Abraham Lincoln o los Franklin Roosevelt, en un país que como ninguno se esfuerza en sus universidades de enseñar todo tipo de capacidades de gerencia o liderazgo, para enfrentar cualquier tipo de problema?

En medio de la violencia de la Guerra Civil de la década de 1860 surgió un hombre como Abraham Lincoln, la encarnación misma del liderazgo y luego, más de 70 años después en medio de los años posteriores a la gran depresión de 1929, surgió otro adalid de polendas como lo fue Franklin D. Roosevelt, cuyo liderazgo imaginativo y su gran capacidad de comunicar con la población, le permitió llevar a los Estados Unidos a un renacimiento sin precedentes, cuyas positivas huellas se sienten todavía. Si bien su muerte acaecida antes del fin de la 2da. Guerra Mundial no le permitió ver el portentoso poder que alcanzaría su país en lo económico, tecnológico y militar después de la guerra, en la hoy añorada época de los babyboomers.

La época de Roosevelt, fue la época de un liderazgo definido y eficiente. Ya en los años 50 al ver el florecimiento de lo que había sembrado Roosevelt, todo el mundo, se medía en relación a ese país que había alcanzado un nivel de vida incomparable para gran parte de la mayoría de sus habitantes. El modo de vida, denominado “American way of life” vehiculado y difundido por otro lado por una industria del cine, que difundió una forma de pensar y de vivir que se convirtieron en referentes, si bien no en el mundo entero, por lo menos en la totalidad del mundo occidental.

Que algo estuviese hecho allí, que sea “made in USA”, era un sello de garantía, algo de calidad incontestable. Han tenido que pasar mas de 60 años para descubrir que ese mundo de logros inmensos y justificadamente envidiables, tenía una serie de fisuras, de brechas económicas por cierto, que otros países los tienen también, pero el problema era descubrir que en los Estados Unidos muchos problemas de cohesión social y racial nunca había sido asimilados del todo, y que habían sido simplemente invisibilizados detrás de las luces artificiales del progreso. Lo peor es que estos venenosos champiñones, de las brechas sociales, económicas o raciales, pospuestas en su solución real, han comenzado a brotar en un escenario con un fondo macabro de pandemia, tema por otro lado desastrosamente manejado por el todavía actual inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump.

Este cuadro con fondo de pandemia, al detenerse el flujo de la producción de productos manufacturados por el paro de fábricas y todo tipo de servicios, ha generado un nivel de desempleo solo comparable al que existió justo después de la depresión del 29, con la diferencia que la crisis desatada el 29 fue adquiriendo proporciones catastróficas en un lapso de unos 4 años y la crisis económica no era global. Ahora, en menos de 4 meses, la situación ya comenzó a tener dimensiones apocalípticas. La solvencia del sistema económico norteamericano está basada en la dinámica del consumo. Si no hay éste, todo se paraliza. Y para que el circulo virtuoso del consumo se produzca se precisa desplazamiento de la gente, que las mercancías circulen, se consuman, se desechen y se vuelvan a producir bienes o servicios. Es importante que el aceso al crédito sea fácil y dé la ilusión de una solvencia eterna.

Para nadie es un secreto, cuando uno vive o visita los Estados Unidos, que todo el mundo está endeudado, que poco es lo que queda después de pagar bills, loans and mortgages (facturas, préstamos y cuotas). Los padres siempre tienen un ahorro para pagar los estudios universitarios de sus hijos, pero igual no alcanza y la mayor parte de los graduados terminan con increíbles deudas para completar de pagar el costo de sus estudios. Todo eso es cierto, pero el sistema después de todo funcionaba. ¿Qué pasó que ahora ya no funciona? ¿En qué fallamos? Esas son las dos preguntas que la mayor parte de los editoriales de los mejores diarios se hacen desde algunas semanas y los mismos norteamericanos se hacen con la voluntad que tienen y el ahínco que ponen cuando quieren salir de un problema. Si bien las élites son lúcidas en asumir estos cuestionamientos, la sociedad política con su disuelto sistema bipartidista, ya no parece ser el escenario ideal para un debate, y sobre las soluciones que busca encontrar la sociedad de los Estados Unidos para salir del entrampamiento actual.

De alguna manera al ser la crisis mundial, sobre todo sanitaria, el miedo del contagio ha llevado a la gente a limitar al máximo sus desplazamientos ligados al consumo o para ejercer una actividad laboral. El miedo al contagio ha cambiado por largo rato la puesta en escena de nuestra vida cotidiana. La situación por el momento no tiene cuándo acabar pero la magnitud del desastre económico ya es real. Eso no sólo en los Estados Unidos, sino en la mayor parte de los países. Ningún gobierno podría financiar un paro económico de tal magnitud en forma indefinida, por lo que los que hacen la apología de un confinamiento casi indefinido actúan irresponsablemente. Llega en algún momento que la necesidad de comer y no hay dinero. Si se ha perdido todo tipo de ingresos económicos, el no tener para las necesidades básicas será intolerable y las personas tendrán que volver a trabajar, aun a riesgo del contagio. La gente felizmente al final se vuelve prudente. El ser humano para sobrevivir es capaz de adaptarse a todo. A veces deja incluso sus hábitos negativos que son más difíciles de perder que los positivos, de la misma manera que el ineficiente burócrata se vuelve inteligente y productivo cuando ve su puesto de trabajo en peligro.

Lo interesante al observar la actual pugna electoral en los Estados Unidos, es que si no hay liderazgos novedosos ni prometedores, gane quien gane. En el caso del presidente Trump, aunque sus propias imprudencias lo harán responsable de su eventual derrota, en la guerra electoral, a nivel mediático, éste todavía mantiene una gran capacidad de iniciativa. El hecho mismo de ser presidente le permite una exposición mediática permanente y eso en un país como Estados Unidos cuenta. Con su intransigencia y desfachatez y su increíble capacidad de sacar conejos bajo la manga, Trump por su experiencia en el show bizz, tiene una habilidad inigualable de llenar la pantalla frente al discreto candidato Biden. Este último cuenta más, en su experiencia política de cerca de cinco décadas y dos períodos como ex vicepresidente de Obama, en su capacidad de empatía de ser el gringo simpático, paternal y conciliador frente a la vehemencia sobre algunos temas que mas parece intransigencia suicidaria del actual presidente. Trump tiene un ego inconmensurable y a prueba de balas, pues de alguna manera sabe bien, que aun si perdiese las elecciones, volverá a su zona de confort de hombre multimillonario y que siempre tendrá un margen de influencia en un país donde lo mediático cuenta mas que nada.

Digo poder mediático, pues si en un momento la “prensa libre” debe asumir como nunca su responsabilidad, es ahora. En los Estados Unidos esta campaña está creando también en los medios televisivos y escritos, un enfrentamiento en la prensa que no se había visto antes, en el cual unos se desautorizan a los otros. Lo cierto es que hay mucho dinero en juego, quizás demasiado. Por momentos esta lucha política a nivel mediático, está llevando a los más sesudos periodistas y experimentados periodistas, a veces quizás, no a perder los papeles, pero sí a vehicular opiniones sesgadas, lo cual en la prensa norteamericana significa perder objetividad, ceñirse más a las opiniones que a los hechos.

Todos los días, para seguir la campaña norteamericana, suelo ver el debate sin cuartel de los periodistas estrellas de CNN, con su falange que tiene por un lado a Chris Cuomo y Don Lemon, secundados por el talentoso y canchero Alexander Cooper enfrentados a los de la escuadrilla de Fox News Channel que tiene al talentoso Sean Hannity, Laura Ingraham y Tucker Carlson como estrellas en su momento estelar. Es una guerra sin cuartel. Si bien CNN por su audiencia universal, se cuida de ser lo mas politically correct posible, no deja de evidenciar sus simpatías por el candidato demócrata.

Fox News Channel, con Sean Hannity, Laura Ingraham u Tucker Carlson tiene a tres periodistas de lujo, habilísimos y muy recorridos los tres. Hannity es un hombre erudito y habilísimo, un intelectual self made, quien al no haber acabado estudios académicos formales por dificultades financieras, optó por el periodismo con mucho éxito y hoy podríamos decir que está en la cima de su carrera. Hannity es un conservador que tiene la confianza absoluta del presidente Trump y éste se siente muy cómodo cuando Hannity lo entrevista. Es evidentemente un hombre de derecha a quien le pagan por sus servicios periodísticos 25 millones de dólares anuales. Es de derecha pero no tiene la histeria conservadora, de otros que tienen menos que perder y que defienden posiciones cavernarias o tiran excremento con ventilador, sin medir la increíble brecha que están creando en el electorado y en el paisaje político norteamericano, donde había antes una especie de fair play.

Los libros escritos por Hannity son muy interesantes y poco conocidos en América Latina, pues son mas para el consumo interno de los Estados Unidos. Hay evidentemente un tufo conservador, pero yo diría, más el cultivo de una vena patriótica, pero que por lo demás no tiene el toque reaccionario, religiosamente fundamentalista de muchos que defienden a Trump. Hannity es otro lote. Sus libros Libranos del mal y el último Live free or die: America (and the world) on the brink denotan un conocimiento profundo de la historia de su país, una conciencia algo nostálgica de lo que es valioso y lo que se está perdiendo. Su conservadorismo no es hiriente. En lo que sí es enfático es en algo que es común en los conservadores ilustrados y es la denuncia de la arrogancia de las élites cosmopolitas de ese país, algo a lo que en Perú se denominan como los “caviares”, que es una tribu de progresistas cuando les conviene. Un poco lo que se suele denominar rábanos en política o sea rojos por fuera y blancos por dentro. Nihilistas en lo que a valores éticos se refiere, mas distraídos en defender temas de género que valores reales.

En su último libro creemos que es atinada la denuncia que hace Hannity de la desintegración y vacuidad de valores de lo que vehicula ya desde sus inicios la formación escolar. Más que defender los valores tradicionales como algo inmutable, que se pueda cambiar o transformar, lo que denuncia Hannity es el buscar anularlos sin reemplazarlos por nada y denuncia la vacuidad flagrante de una postmodernidad frívola, iconoclasta que quiere gozar los frutos del sistema capitalista en su momento crepuscular, pero que ya no quiere asumir la ética de dicho sistema en sus comienzos muy coloreada por el protestantismo, en el sentido que lo entendía Weber en su citado y magistral libro.

En Fox News Channel están pues atrincherados Sean Hannity, Tucker Carlson y Laura Ingraham, estos dos últimos talentosos también, pero más papistas que el Papa. Ellos, sí podría decirse, que son conservadores con un toque reaccionario, que desde el minuto uno hasta el último en cada uno de sus respectivos programas en Fox News y en otros programas también, despotrican de los demócratas y sus candidatos. Son gente talentosa, formada e informada pero su vehemencia los hace pasar a veces como mercenarios a sueldo del partido republicano, lo que no es el caso necesariamente. Son ellos sin duda gente de convicción, pero que juega a predecir a cada rato que será el apocalipsis si gana el rival de Trump. Mas pasan los días y la desesperación de Tucker e Ingraham por encontrar elementos para atacar a los demócratas, hace que ya hayan usado toda la artillería, en un ataque sin cuartel. Todos los días, a cualquier propuesta que venga de los candidatos demócratas, los ningunean y aprovechan para ridiculizar a Biden, cuantas veces sea posible, utilizando a veces disparatados y poco objetivos argumentos. Para ellos Trump debe ganar sí o sí, pues de otra manera los malvados socialistas y radicales, que según ellos tienen y tendrán como rehén a Biden, van a destruir lo poco que queda de los Estados Unidos.

Si bien en lo televisivo se está llegando a proporciones histéricas, en la prensa escrita, los republicanos ya tienen la batalla perdida. La prensa más creíble, comenzando por el New York Times, Washington Post y muchos de los medios mas influyentes, son denunciados todo el tiempo por el presidente Trump como fabricantes de “fake news”, (noticias falsas), agregando mas fuego a la confusión política de la población, ya bastante golpeada por la angustia que genera la pandemia, el crecimiento del desempleo, la violencia callejera y los excesos de la policía. Las denuncias por parte del presidente por otro lado, son muy desgastadas pues, él mismo no es muy amigo de la verdad y las inexactitudes. Las medias verdades o simplemente falsos datos que hay en sus declaraciones y discursos, muchas veces causan preocupación por sus inexactitudes pero también por no ser siempre politically correct hacia las minorías y son a veces ofensivas contra sus adversarios políticos y también a veces hay deslices al referirse a personas de otros credos, de otros países u otras razas, lo cual varias veces ha estado al borde de crear incidentes diplomáticos y obligado al presidente Trump o sus asesores a dar las aclaraciones del caso y pedir las disculpas correspondientes.

Lo paradójico es que, durante la convención republicana, los discursos más eficaces para apoyar la nominación del presidente Trump como candidato a la reelección presidencial, no hayan venido, de la rancia clase política blanca republicana, encaramada desde hace años en la cámara de Representantes (Congreso) o en el Senado. Los discursos mas interesantes que se dieron en la convención del partido republicano, y que quizás tengan un relativo, aunque tardío y limitado efecto, fueron la presentación del Senador Tim Scott, que es un líder republicano afroamericano, y actual senador por el estado de Carolina del Sur. Lo tradicional es que los líderes afroamericanos provengan de las canteras del partido demócrata y por lo mismo a los pocos líderes negros que pertenecen a su partido en estas elecciones los republicanos los citan constantemente, tantas veces como pueden, como una estrategia para equilibrar, la asociación que ya prendió en forma muy negativa para ellos, que es la del candidato republicano Trump como alguien que tiene un discurso racista y ofensivo hacia las minorías de todo tipo. Fuera de Scott, por otro lado, me pareció excelente también el discurso de la primera dama Melania Trump, que es de nacionalidad eslovena, que si bien en parte de su discurso trató de disculpar a su marido de muchas cosas, aduciendo que era un político sui generis, cuyo comportamiento era ajeno al comportamiento acartonado de los políticos tradicionales, temerosos de tomar posiciones que vayan contra el “main stream”, o sea contra la corriente. Cual experimentada política, la primera dama, dio el primer discurso de los que desfilaron por el podio de la convención republicana que contenía lo que podríamos llamar una dosis de “compassion”, hablando de su solidaridad con los miembros de todas las minorías y razas, durante su labor como primera dama. Habló también de su receptividad también a las gentes de todo tipo de religiones. En suma trataba de lavarle la cara a su esposo, arguyendo que Trump no era un político tradicional y por lo mismo sus errores, si los habían, había que cargarlos a su espontaneidad, de nunca querer fingir nada, de siempre ser directo con el riesgo de parecer crudo al abordar un problema. Se le podía achacar de excesos pero no de carencias.

Este es pues, el universo algo insólito que podemos observar en la actual lucha por el poder de los Estados Unidos. Al margen de este momento difícil, creemos que la increíble capacidad de reinventarse, definitivamente le permitirá salir adelante a ese gran país.

Lo que sí queda claro es el rol pernicioso y fatal que ha tenido el populismo político no solo en los Estados Unidos, sino en Brasil, Perú o cualquier lugar. Sus consecuencias inmediatas parecen ser simplemente electorales, pero la incursión de gente improvisada en política no solo ha degradado la representatividad política en tanto que tal, sino también erosionado, lo poco que a queda de los valores democráticos, abriendo la puerta para extremismos políticos, opciones aventureras sin ninguna legitimidad ideológica y con propuestas carentes de realismo o sin ninguna posibilidad de sostenibilidad en el tiempo. Populismo puro e irresponsable. Todo esto sumado a una pandemia que parece no tener fin crean un escenario que está llevando a muchos a pensar que quizás la democracia no era el sistema político mas perfecto que ha inventado el ser humano, o quizás a decirnos, que la democracia de hoy ya no es la que fue, o que en nuestra ingenuidad política creíamos que era.


Escrito por

herbertmujicarojas

¿Será lícito describirse uno mismo? Al servicio y consagración de las causas populares. Nada hay más importante que procurar la victoria de los ideales que pasan por un Perú libre, justo y culto.


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